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Existen peores pandemias que el coronavirus. Por Alejandro Tagliavini

Coronavirus

13/02/2020 -/-/- Según Capital Economics, “los esfuerzos para contener el coronavirus han provocado una fuerte desaceleración del crecimiento en China” y, a nivel global, llegarían a u$s280.000 M las pérdidas económicas durante el primer trimestre de 2020. El PBI mundial no crecerá en términos trimestrales por primera vez desde 2009.

Ahora, no es el propio virus el que ha causado esta caída, después de todo, tras varias semanas, los muertos no llegan a dos mil. La economía cae por las medidas tomadas por los gobiernos como reacción exagerada, ineficaz y hasta contraproducente.

Capital Economics confía en que “el virus se contenga pronto, la producción se recupere y la economía global retome su crecimiento normal a mediados de 2021. De hecho, “la reducción en el ritmo de propagación del coronavirus ha impulsado a los mercados que vuelven a registrar máximos”.

Argentina se perjudicaría por la caída en los precios de materias primas. Por caso, los futuros de la soja estadounidense tuvieron en este 2020 su peor pérdida de los últimos 18 meses, pasaron de 218,15 a 204,62 u$s/t, una caída del 6,6%. En Rosario, en tanto, la tonelada cayó, en 2020, desde los u$s256,47 a 247,63 (-3,6%) el martes pasado. Los analistas creen que la caída podría ser mucho mayor a partir de mediados de febrero dada la ausencia de compra por parte de China.

Pero, hablando de la peor pandemia, en el mundo mueren unos 8 M de personas por año -eran 15 M hace veinte años- por causas relacionadas con la falta de alimentos. Si multiplicamos por la productividad por trabajador (en dólares constantes de 2005, según la OIT: 98.427 en EE.UU., 92.107 en Europa o 11.853 en Sudamérica), la cifra que pierde la economía global, solo en producción, es sideral. En Argentina, que produce comida para 440 M de personas, según Juan Carr, a fines de los 90 morían 25 niños por día por desnutrición, aunque hoy esa cifra bajó a 4.

Algo no cierra. La naturaleza es sabia y sobreabundante y, de hecho, permite que se produzca 60% más de lo que la humanidad necesita para alimentarse. Se pierden anualmente 1.300 M de toneladas métricas de alimentos, según la FAO.

Ahora, ¿por qué no llegan a los desnutridos? Son varias las causas, pero las definitorias son los obstáculos que ponen los Estados. Después de todo, son el monopolio de la violencia -su poder de policía- y la violencia siempre destruye. Para empezar, los impuestos que cobran empobrecen ya que son derivados hacia abajo subiendo precios o bajando salarios.

Otra de las malas políticas es la interferencia en el sistema de precios -subsidios, precios mínimos y máximos- que provoca que los alimentos se desvíen a otros usos, como los biocombustibles, cuando paliar el hambre es más urgente.

A menudo se necesitan sencillos recursos para que la gente pueda cultivar los alimentos necesarios y ser autosuficientes, pero hoy el alimento medio recorre en Europa, por caso, entre 2.500 y 4.000 km. No se cultiva más cerca, entre otras cosas, debido a regulaciones estatales sobre el uso de la tierra.

Además, las legislaciones sobre “propiedad intelectual” deberían ser derogadas -para todos los sectores y temas- porque son la mayor fuente moderna de monopolios. La propiedad debe quedar establecida por el mercado -el pueblo- y nunca por los Estados.

En algunos países se llega al colmo de que las leyes impiden que el agricultor siembre, intercambie o venda sus semillas porque, por caso, existen normativas dentro de los acuerdos de “libre comercio”, sobre derechos de propiedad intelectual y comercio, que establecen que la semilla para ser vendida, intercambiada y/o comercializada debe ser uniforme y estable y las semillas de los agricultores no son ni uniformes ni estables. Y obligan, al agricultor que quiere cultivar esas variedades, a pagar royalties como ocurre en países africanos, que han sido obligados a firmar estas leyes de propiedad intelectual dentro del marco de los tratados de “cooperación”.

Finalmente, un tercio de la producción mundial de alimentos se desperdicia y gran parte termina en la basura. Ahora, los políticos nos han hecho creer que la recolección y tratamiento de la basura es un “servicio público” que ellos, el Estado, debe proveer. Y llegan al colmo de cobrarnos cuando deberían pagarnos porque hasta la peor basura tiene valor como fertilizante.

Si el servicio de recolección estuviera en manos del mercado, en manos privadas eficientes, se nos pagaría por nuestra basura y, muy probablemente, se distribuiría la comida desechada a precios mucho más bajos entre los más necesitados.

Los Estados son los responsables de la desnutrición, de modo que es un gran ironía -es sólo demagogia- que los Gobiernos diseñen “planes contra el hambre” cuando bastaría con que dejaran de crearla para que desapareciera rápidamente.

(*) Asesor Senior en The Cedar Portfolio.







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