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El cura ingeniero y el panadero solidario* Por Francisco Uranga

La escuela Pablo de Tarso
Foto 1. La escuela Pablo de Tarso

El padre Germán Brusa tiene la humildad de los grandes. Explica su proyecto como si fuera una obra modesta, y en alguna medida lo es: una escuela pequeña construida en el patio trasero de la capilla San Martín de Porres, en el barrio paranaense Anacleto Medina. Chica, sí, pero no poco importante, según la información enviada a infobyn.com. Del Instituto Pablo de Tarso depende el futuro de unos 50 alumnos que, de otra forma, estarían en la calle.

El barrio es complicado y está estigmatizado, explica Brusa y subraya que por eso creía importante que hubiera una escuela en la zona: “Los chicos de acá no salen del barrio. Muchos van a otras escuelas, pero fracasan. No se sienten cómodos y los discriminan por ser de Anacleto Medina”.

El modelo de la escuela prioriza la inclusión social y no trabaja con la figura del alumno libre. “La idea es darle la mayor cantidad de oportunidades posibles. Dedicarles más tiempo. Que ellos se sientan a gusto y puedan venir a la escuela”, explica el sacerdote. Dice que el nivel de deserción es bajo, pero hay situaciones que los exceden.

— ¿Qué tipo de situaciones?

— Por ejemplo, este año tres nenas de entre 14 y 15 años formaron pareja y se fueron a vivir a otro lado, con el muchacho. También situaciones de cambio de barrio porque están amenazados de muerte

— ¿Amenazado de muerte?

— Claro, lo que pasa es que el papá mató a un bebé

— ¿Cómo que mató a un bebé?

— En un tiroteo. Tiroteó la casa de un vecino porque estaban peleados y mató al bebé que estaba adentro. Y entonces, obviamente, toda la familia estaba amenazada de muerte. Y el pibe que venía acá a la escuela desapareció, ni sabíamos a donde estaba.

Lo cuenta con calma, casi minimizándolo. Como cuando dice que los chicos van a la escuela armados con “navajitas, cosas así, no armas de fuego”. Trata de no alarmar — “gracias a Dios, pasan cosas, pero no cosas graves” — pero no disimula que la situación es complicada. A la hora de hacer el balance, Brusa destaca los avances que ha visto: “Es una experiencia personal muy gratificante. Porque, la verdad, vemos crecer a los chicos”.

La escuela es mucho más que una institución académica, es una parte centran en la cultura del barrio, donde se viven cosas que en otros lugares forman parte de la vida familiar. “Una vez al mes festejamos los cumpleaños. Para ellos es algo muy significativo. En algunos casos, no lo festejan en sus casas. Nos juntamos todos, le hacemos una choripaneada, compartimos una torta, ponemos música, bailan. Esas cosas son las que hacen que ellos también, a la hora de estar acá sepan que hay un ‘modo de estar’ y que la violencia no es el modo más conducente. A partir de esas cosas se van generando otro tipo de vínculos y ellos van cambiando también las actitudes”, relata el cura.

La escuela, un “milagro”

El padre Germán Brusa

Foto 2. El padre Germán Brusa

Brusa es sacerdote, pero esa no fue su primera vocación. Antes se graduó como bioingeniero. Siempre tuvo una relación cercana con la vida pastoral y un amigo comunista de la universidad lo convenció de que, si sentía el llamado, ese era el camino que tenía que seguir. Ingresó al seminario, pero supo que estaba en el camino correcto unos años después. Y lo supo en Anacleto Medina.

En 2011 había cerrado la única secundaria que había en el barrio, la de la escuela San Antonio María Gianelli. La reforma de la ley de educación puso al colegio en una encrucijada: o se ampliaba para ofrecer todos los años del nivel secundario — solo llegaba hasta noveno del EBG — o tenía que limitarse a la primaria. La única opción que encontraron de las hermanas del huerto, que administraban la escuela, fue echar llave. Cuando Brusa se enteró del cierre de la secundaria, lo vio como una tragedia para la comunidad. “En la misma escuela Gianelli, el 13% no seguía estudiando la secundaria. Terminaban la primaria y ahí nomás quedaban”, precisa. En esa falla encontró Brusa un sentido a su trabajo religioso, inspirado en el movimiento de los curas villeros, como el padre Pepe Di Paola, con quien tiene contacto. “Hicimos una escuela de gestión social para ejercer otro tipo de presión. Si no, te dan el mismo tratamiento que a una escuela privada”, explica el sacerdote.

El colegio abrió las puertas en 2014 y está reconocido por el Consejo General de Educación, que aporta los fondos para el cuerpo docente y los directivos. Son 18 profesores, un rector y una ordenanza; 20 trabajadores, que más que un empleo tienen una misión. Cada día se enfrentan con situaciones para las que no están preparados. “No tenemos un equipo interdisciplinario de psicólogos o psicopedagogo. Esa es una gran falencia y se lo estamos reclamando ahora al Consejo de Educación”, explica Brusa y cuenta que la tarea de contención la hacen entre el rector, el cura y la ordenanza.

A pesar de que es una escuela fundada por un sacerdote, el instituto no es religioso. “El estado no financia esa parte”, dice entre risas, pero se apura en aclarar que en el barrio hay muchos evangélicos  y que optó por una escuela aconfesional “por una cuestión de respeto”. “Lo religioso está implícito. De hecho una de las cosas que uno siempre les dice es que esta escuela realmente se ha dado por gracia de Dios. Porque es un milagro como se han dado las cosas y que se pueda sostener en este lugar y con las condiciones que tenemos”, explica. Y es que, además de un contexto social difícil, que es la razón de ser de la escuela, el financiamiento es uno de los grandes desafíos. El Estado paga los sueldo, pero no el mantenimiento ni la ampliación del edificio.

Brusa explica que ya tiene dinero para construir el aula para el curso que abrirá el próximo año: cuarto, el primero con orientación en Ciencias Naturales. Pero no le sobra nada, tiene que conseguir fondos para ampliar la escuela para los dos años siguientes y mantener otro tipo de actividades sociales, que financia con donaciones y actividades de recaudación como ferias americanas.

El sueño de Ricardo Berón

Ricardo Berón a los 17 años, en La Peruana

Foto 3. Ricardo Berón a los 17 años, en La Peruana

En la capilla también está instalado un comedor social, que alimenta a 200 personas todos los días. Ese saloncito sencillo se va a convertir en el escenario del sueño de Ricardo Berón. Ricardo es un vecino de Paraná que desde hace años tiene la idea de organizar una cena solidaria de fin de año, pero hasta ahora no lo había concretado. Por medio de la arquitecta Mercedes  Piedrabuena de Marichal y Florencia Falicoff, secretaria de la Fundación para el Desarrollo Entrerriano (FUNDER), conoció al padre Brusa y encontró la causa que estaba buscando. La cena será el 30 de diciembre, a modo de despedida de año para los alumnos de la escuela, sus familiares y los colaboradores del comedor.

“La idea surgió hace tiempo en las vísperas de las las fiestas.  En estas fechas uno se acelera y piensa en lo que va a consumir, en qué va a gastar. Y yo me dije: nos desesperamos por lo que vamos a comer y hay gente que no tiene para sentarse a la mesa”, razona Berón. La propuesta podría sonar a lugar común, pero no en el caso de Ricardo.

Berón dice que se considera panadero, aunque ese no es su trabajo. “Fue el oficio que me permitió progresar”, explica y cuenta que nació y creció en un barrio de Paraná que hoy ya no existe. “Era el barrio La Rana, estaba detrás de la panadería La Peruana. Vivía en una casa con techo de paja, parecida a lo que vemos hoy en el Volcadero”, recuerda. Osvaldo Valín, dueño de La Peruana, fue el primero que le dio un trabajo, a los 15 años. Hacía changas, limpiaba el piso, ayudaba con lo que fuera necesario. Un año después, quedó contratado como empleado permanente, con la condición de que no abandonara los estudios. Desde ahí comenzaría una historia de trabajo y sacrificio. Y aunque no tiene una economía holgada, a los 47 años y padre de ocho hijos , quiere ayudar a los que hoy están viviendo lo que él tuvo que pasar.

Siempre hubo gente que tendió un brazo para ayudar”, comienza el recuento de Ricardo. Los que le dieron trabajo como empleada doméstica a su madre, cuando no tenía otra alternativa; el mismo Oscar Valín que además de darle trabajo, regalaba facturas y leche chocolatada en las fechas patrias para los chicos del barrio; la maestra de la escuela República de Chile; la cocinera del comedor social al que iba cuando era niño; Camilo Abud, que le dió trabajo en la cadena de Supermercados cuando estaba desocupado. Un capítulo especial merece Carmen Zapata, la madre de Ricardo.

Carmen Zapata y Ricardo Berón, cuando era niño.

Foto 4. Carmen Zapata y Ricardo Berón, cuando era niño

Si hay alguien responsable de la ética del trabajo y la conciencia solidaria de Ricardo, es Carmen. Se mudó a Paraná desde su Santa Elena natal, trabajó como empleada doméstica y no dejó de pasar penurias. “A veces solamente tomaba mate y me dejaba lo poco que había para comer”, cuenta Ricardo. “Con tesón y garra, logró salir adelante”, señala el hijo, orgulloso. Carmen consiguió un puesto en Vialidad Provincial y desde allí echó una mano a su hijo cuando volvió a pasar por estrecheces económicas. “Ella me enseñó a dar lo poco que uno posee y a meterle el hombro. Y eso trato de inculcarle a mis hijos”, dice Ricardo. La fatalidad quiso que Carmen muriera el mismo día en el que Ricardo y el padre Brusa se conocieron. Mientras estaban reunidos. La cena del 30 va a ser, quiérase o no, un homenaje tácito. El reconocimiento a un modo de ser.







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