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ESPAÑA 1936 Y VENEZUELA 2017. GOLPES DE ESTADO Y CONFABULACIÓN FASCISTA I por J. Angel Téllez Villalón

Es conocida la manipulación por las oligarquías del concepto de democracia y su confabulación internacional para ejercer –hasta límites dictatoriales- la dominación política y mutilar, con ello, los derechos económicos, sociales y culturales de la inmensa mayoría, según la información enviada a infobyn.com.

La actual campaña de la derecha global contra el pueblo venezolano, con la OEA y Luis Almagro como punta de lanza, tiene un antecedente bastante ilustrativo en el golpe de Estado de julio de 1936 contra la II República española. Este suceso dio inicio a una Guerra Civil que ensangrentó a España y desembocó -luego de una heroica resistencia- en una larga y cruel dictadura, con “una historia de degradación y asesinato en masa”.

Contra ciertos mitos que aún perduran, aquel fue un golpe militar encabezado por los generales Francisco Franco, Emilio Mola y José Sanjurjo, en contubernio con otros poderes oligárquicos, nacionales y extranjeros.  Días antes, el general Emilio Mola había firmado una  instrucción confidencial bajo el seudónimo El Director, en la que llamaba al golpe: “Las circunstancias gravísimas que atraviesa la nación, debido a un pacto electoral que ha tenido como consecuencia inmediata que el Gobierno sea hecho prisionero de las organizaciones revolucionarias, llevan fatalmente a España a una situación caótica, que no existe otro medio de evitar que mediante una acción violenta […] se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo”.

El equivalente español al 16D venezolano, fue el 16F de 1936, solo que, en signo contrario, una derrota electoral de la oligarquía. Ante la cual, el partido hegemónico de la derecha durante la II República, la falangista Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) -la MUD de aquella España-, los grupos “monarquizantes” y el alto clero católico desencadenaron un plan golpista para frenar los proyectos populares del Frente Popular - una coalición de partidos de izquierdas- y abolir la Constitución republicana de 1931.

Para lograr su propósito -como lo describió Raúl Roa en su artículo Pablo de la Torriente Brau y la Revolución Española-, la derecha desata sobre el gobierno legítimo  “un diluvio de injurias y de falsas acusaciones, capaces de suscitar en torno suyo una atmósfera de inquietud  y de confusión”.  Al unísono, desde sus escaños parlamentarios, Gil-Robles y Calvo Sotelo- los Ramos Allup y Julio Borges de  ayer-, “arremetieron contra el gabinete de Cáseres Quiroga, imputándole estar al servicio de intereses extraños, mientras la prensa derechista-verdadero surtidor de inmundicias- iniciaba, por su parte, un ataque   refinado y sistemático  contra el prestigio  y esencia de las instituciones republicanas, intentando infiltrar en la opinión neutral del país la creencia de que por el camino de la democracia y del Frente Popular se iba, Inexorablemente, a la anarquía y a la barbarie”.

Esta repugnante campaña –afirma Roa- “era la etapa previa del movimiento sedicioso, estudiado y aprobado, dos meses antes del triunfo electoral de las izquierdas, por Sanjurio y los agentes de Hitler y de Mussolini”. “La agitación –atizada ya sin embozo por los cónsules italianos y las oficinas comerciales nazis-adquirió un ritmo aciclonado. Los atentados y masacres de obreros, ejecutados por falangistas y pistoleros a sueldo se multiplicaban por días”. Ante las “embestidas y provocaciones” de la derecha, el gobierno legítimo de Cáseres Quiroga se determinó a asumir una actitud enérgica y a cortar el ascenso de la marejada fascista. El pueblo, “olfateando la inminencia del golpe de Estado”, se lanzó a la calle. El 18 de julio fue la respuesta de la reacción a esa defensa popular.  

De aquella primera intentona de la anti-España contra la España vital, salió victorioso el pueblo. Los generales traidores y sus amos extranjeros, habían olvidado -al decir de Roa- que el pueblo existía, que estaba presto a defender, a precio de vida, las libertades populares y las esencias más puras y progresistas de la cultura y de la personalidad histórica de España.  Así ignora hoy la reacción al heroico pueblo de Bolívar.

El “Generalísimo” -como también se practica por la derecha de hoy-, recurrió a la retórica de una supuesta defensa de la democracia, la libertad y contra el peligro del comunismo. Así, en su Manifiesto de las Palmas expresó: "La Constitución, por todos suspendida y vulnerada, sufre un eclipse total; ni igualdad ante la Ley, ni libertad aherrojada por la tiranía…".

Se urdió un autoproclamado movimiento nacionalista, pero respaldado por el fascismo internacional. El mismísimo rey Alfonso XIII, exiliado en Italia, pidió apoyo a Mussolini para un eventual golpe de Estado y restaurar la Monarquía. Además, se ha demostrado la financiación de la derecha falangista por parte de Navarra, Portugal, Alemania y de diferentes empresas y bancos extranjeros.

Los verdaderos objetivos del golpe y no el “peligro rojo” o el “peligro comunista -como no lo es hoy en Venezuela “el peligro cubano”-, eran frenar las reformas progresistas y democráticas, diseñadas en los primeros años de la II República. Entiéndase, la reforma agraria, los estatutos de autonomía, la reforma militar y una política cultural que favorecía al pueblo. Era “una explosión de barbarie” contra los intentos republicanos de “civilizar” a los de abajo.

Como lo describía la sección española de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura (AIDC) en su manifiesto del 30 de julio de 1936: “Este levantamiento criminal de militarismo, clericalismo y aristocratismo de casta contra la República democrática, contra el pueblo, representado por su Gobierno del Frente Popular, ha encontrado en los procedimientos fascistas la novedad de fortalecer todos aquellos elementos mortales de nuestra historia...”.

Ante esta arremetida fascista y al llamado de la AIDC española, respondieron consecuentemente los intelectuales revolucionarios, pacifistas y antifascistas de todo el mundo; plenamente conscientes de lo que estaba en juego en tierras ibéricas.

El intelectual francés André Malraux escribió en aquellos días que “las grandes maniobras ensangrentadas del mundo habían comenzado en España, el científico alemán   Albert Einstein veía como única razón para mantener la esperanza “la lucha heroica del pueblo español por su libertad y su democracia” y el también alemán Güstav Regler llegó a decir que en España “no escribimos Historia, la hacemos”.

Desde los primeros años de la década del 30, los intelectuales habían desplegado una serie de encuentros y habían creado organismos a favor de la paz y en repudio al fascismo. Entre estas iniciativas antifascistas impulsadas por la intelectualidad de izquierda se destaca el Movimiento Amsterdam-Pleyel, concretado por iniciativa de Romain Rolland y Henri Barbusse, en cuyas reuniones se denunciaron las secuelas de la Primera Guerra Mundial y los intelectuales se comprometieron activamente con la defensa de la paz. En Italia, Benedetto Croce y otras figuras eminentes de la inteligencia subscribieron la Protesta de los intelectuales italianos contra el fascismo y los seudointelectuales a sus plantas. “Nuestra fe no es una excogitación artificiosa y abstracta (…), es la posesión de un tradición, convertida en disposición del sentimiento, en conformación mental y moral” -declaraban.

Rolland y Barbusse organizaron en agosto de 1932 el Congreso Internacional contra la Guerra y el Fascismo, que se reunió en Ámsterdam con el fin explícito de frenar la amenaza de Japón contra la URSS. Rolland hizo un llamado, enarbolado después por España y que hoy pudiese ser extendido a la solidaridad con Venezuela: “¡La Patria está en peligro! Nuestra Patria Internacional”.

Ante el creciente clima derechista, fascista y totalitario, se fundó por Louis Aragon, en el París de 1933, la Maison de la Culture. Poco después surgía la revista Commune, con Andre Gide, Barbusse y Paul-Yves Nizan.

En 1935, en la Sala de la Mutualité de la capital francesa se realizó el I Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. En el cónclave se constituyó la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, con una junta directiva de doce miembros entre los cuales se hallaban Valle Inclán, Thomas Mann, Gorki, Bernard Shaw, Aldous Huxley y Sinclair Lewis. Asistieron doscientos treinta delegados, pertenecientes a treinta y ocho países, a cuyos nombres podemos sumar los de Romain Rolland, Jean Giono, Ilia Ehrenburg, Jean Cassou y Alexei Tolstoi. José Bergamín propuso que se realizara un segundo congreso en Madrid. En junio de 1936 se reúne en Londres el pleno de la Asociación y un mes después estalla la Guerra Civil en España con el golpe de Estado de las tropas falangistas.

El dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht advirtió que, si bien era importante defender la cultura, mucho más lo era la defensa del hombre: “La cultura estará salvada, si los hombres se salvan. No nos debemos arrastrar hasta el punto de afirmar que los hombres existen para la cultura y ¡no la cultura para los hombres!” Y añadía Brecht: “Uno puede detener el golpe, si sabe cuándo cae y hacia dónde y por qué, y para qué cae.” Y más: “El salvajismo no viene del salvajismo, sino de los negocios, que sin él no podrían seguir haciéndose”.

Como es sabido, el "Movimiento" fascista odiaba profundamente a los intelectuales, sobre todo a los que trataban de establecer profundas conexiones con el pueblo. “Tengo a gran orgullo –berreaba Mussolini lo que otro troglodita antes- no haber atravesado nunca el umbral de un museo. Ni haber leído jamás una página de Benedetto Croce”.

Adolfo Hitler en el Congreso del Partido Nacional Socialista Alemán de 1935 declaró: “La misión del arte no es acercarse a la podredumbre ni describir al ser humano en estado de putrefacción”.  “Cuando oigo la palabra cultura, saco mi pistola y disparo”, profería “epilépticamente” un intelectualoide nazi.

En España fue asesinado Federico García Lorca y Miguel Hernández fue encarcelado. El falangismo reprimió con especial inquina a los maestros y empeñó su voluntad en destruir todos los vestigios de las conquistas culturales del pueblo sedimentadas desde los tiempos de la Ilustración. El 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el general franquista Millán Astray gritó: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”. El entonces rector, Miguel de Unamuno, ripostó: “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

El semiótico italiano Humberto Eco afirmaba que el fascismo eterno era una dictadura con una profunda debilidad filosófica e ideológica, pero con una amalgama de sincretismos reaccionarios. Entre estas características típicas del fascismo, Eco enumeraba el rechazo de la modernidad política y el culto de la acción por la acción; por eso la cultura es sospechosa en la medida en que se  identifica con actitudes críticas.

A la “España bajo las bombas” de 1937 acuden intelectuales de 26 países de Europa, América y Asia, con motivo del II Congreso Internacional de Escritores; un arcoíris colmado de raigambre humanista con un discurso unánime, de apoyo al pueblo español en su lucha contra el fascismo internacional por la dignidad humana, por la defensa de la cultura y por la libertad del hombre y del pensamiento.

En el Congreso, el brigadista Ludwig Renn apeló a la imaginación de cada escritor para encontrar alternativas concretas de lucha: “Luchad contra la guerra; os lo rogamos; luchad con la pluma y con la palabra como cada uno pueda mejor, pero luchad”.

El estadounidense Malcolm Cowley declaraba honestamente que lo único que podía hacer era presentar un informe veraz ante la opinión pública de su país y desenmascarar el filofascismo de la cadena periodística Hearst, abuela amarillista de la CNN actual.

La novelista alemana Anna Seghers, perseguida por el nazismo, finalizó así su intervención en el Congreso: “Pero lo más importante es que esto es una cosa permanente, para siempre. Que la lucha actual en el suelo español por la libertad se ha recibido con tal apasionamiento, que ha traído a todo lo mejor del mundo, y tiene tanta fuerza, que ha penetrado en los cerebros más duros y hasta en la oscura y terrible ilegalidad”.

El intelectual cubano Juan Marínello no perdió oportunidad para reclamar el respaldo a la España republicana, a la que calificó como “la tierra de la esperanza del mundo”. Consecuentemente, el   8 de julio intervino para solidarizarse con el hermano pueblo de Venezuela, leyendo el mensaje de los exiliados políticos venezolanos residentes en México, “quienes momentáneamente damos el pecho al brutal proceso regresionista de las dictaduras latinoamericanas, estamos defendiendo también la cultura contra la barbarie, luchando por la liberación del hombre”. Era la voz de los dignos representantes de un pueblo solidario, los perseguidos por las dictaduras de Juan Vicente Gómez y López Contreras, la voz de aquellos que según el historiador Andreu Castells, autor de “Las Brigadas Internacionales en la Guerra de España”, tuvieron a 149 de sus hijos en esas milicias. Entre ellos, el médico Isaac J. Pardo, quien colaboró con los servicios médicos republicanos antes de lograr salir de España ; Víctor García Maldonado, militante comunista venezolano, que participó en acciones bélicas y el caso más sonado entre los brigadistas internacionalistas, Oscar Pantoja Velásquez, un joven caraqueño que al no ser aceptado por su edad en la oficina de reclutamiento que existía en Caracas, convenció a su madre de que se iba a estudiar a Francia y desde allí se alistó como voluntario.

La muerte del joven Pantoja, en una de sus primeras acciones militares en la Ciudad Universitaria de Madrid, provocó gran revuelo mediático en Venezuela. El diario La Esfera instrumentalizó su historia para reforzar su campaña anticomunista. Para el libelo, el joven era “paladín de un ideal absurdo”, que había sido seducido “por el arrullo alucinante de los agitadores”, y cedido a un “impulso juvenil irreflexivo”, a un “sentimentalismo loco”, convirtiéndose en una de las víctimas del “veneno izquierdista”.

El diario La Esfera había sido fundado en 1926 y tuvo como primer director al periodista Ramón David León quien venía de la jefatura de redacción de El Universal. León preconizó las ideas y políticas del golpista y dictador Juan Vicente Gómez y fue un acérrimo enemigo de los intelectuales de izquierda. Tan así que en 1955 La Esfera fue adquirida por el grupo privado Cadena Capriles de Miguel Ángel Capriles Ayala -tío del golpista y fascista Enrique Capriles.

El empresario Capriles Ayala creó en 1958 uno de los periódicos más importantes del país, El Mundo, y posteriormente, se hizo propietario de la totalidad del grupo conocido después como Cadena Capriles, un conglomerado de medios de prensa de marcada posición oligárquica y derechista.

Según el profesor la Universidad de Notre Dame Michael Coppedge, en 1968 un acuerdo entre Rafael Caldera y el grupo mediático tendría como resultado que Miguel Ángel Capriles obtuviera un escaño en el senado y el derecho a decidir once candidatos al Congreso. A cambio, el grupo empresarial debería dar una cobertura favorable a la campaña a las presidenciales de 1968. Miguel Ángel Capriles fue elegido para el Senado de Venezuela en 1968 en la lista del partido COPEI y siete “Capriles nominados” fueron electos a la Cámara de Diputados de Venezuela, incluyendo el director de El Mundo, Pedro Ramón Romero. A su vez el hermano de Capriles Ayala, el periodista e historiador Carlos Capriles Ayala, fue nombrado embajador en España.

Los orígenes del partido Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) se remontan a 1937, cuando Rafael Caldera creó la Unión Nacional de Estudiantes (UNE), una agrupación socialcristiana de tendencia falangista y de expresa simpatía hacia Franco.

Otro de los fundadores de COPEI, Enrique Díaz Ruiz, luchó del lado del Caudillo. El golpe del 36 lo sorprendió en el seminario donde estudiaba para ser jesuita, y llegó a ser capitán de requetés, el brazo militar de los monárquicos carlistas navarros a las órdenes del general Mola. En agosto de 1946, el falangista venezolano publicó en La Religión una carta al político Rafael Caldera en la que llamaba a la intervención extranjera -cualquier parecido no es pura coincidencia- y destilaba el característico anticomunismo de los fascistas: “yo me pregunto si tus adversarios recuerdan el anticomunismo que siempre te ha animado precisamente porque es el comunismo vehículo de nuevo imperialismo extranjero para la Patria”.

Estas raíces fascistas están presentes en amplios sectores de la derecha radical antichavista. Del ala más extrema y radical de COPEI provienen los golpistas Enriques Capriles y Julio Borges.  Capriles fue de la lista de Miranda por COPEI y llegó al Congreso como diputado copeyano. Borges fue secretario privado de Andrés Caldera cuando era Ministro de la Secretaría.  Primero Justicia (PJ) tuvo su génesis en COPEI y Leopoldo López, fundador de Voluntad Popular (VP), antes perteneció a PJ.

Confabulados, protagonizaron el golpe a Chávez del 2002 y las sucesivas intentonas al líder bolivariano y a su seguidor Nicolás Maduro. En abril de 2002, PJ fue el único partido político en aceptar la disolución por la fuerza de la Asamblea Nacional que ordenó la junta golpista de Pedro Carmona.

Poco duró la esperanza reformista del partido Acción Democrática (AD), tras la caída de la dictadura de Pérez Jiménez. A golpe de golpes y pactos fijos, terminaron comiendo del mismo plato que la ultraderecha perezjeminista y Fedecámaras. Recientemente se supo, que AD se aliaba a VP, para impulsar como candidato, ante unas posibles elecciones, a Ramos Allup.

No es de extrañar entonces, que los herederos ideológicos del franquismo en Hispanoamérica promuevan hoy los ataques contra Maduro, como antes hicieran contra Chávez.  

continuará

 
Fuente: Cubarte







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